Parque Nacional Los Alerces II

El segundo día en el Parque nos levantamos tempranos y aprovechamos para caminar y caminar por el bosque, mirando lagos, árboles, paisajes.

Durante una de las caminatas vimos un zorrito! Yo casi muero de la emoción.

Hicimos tres caminatas, lo que implicaron toda una mañana de paseo. Como a las 2 volvimos al camping y comimos al solcito las pizzas que nos habían quedado y unos frutas. Dormimos una mini siesta y después nos fuimos a visitar las Cascadas Nanty Fall y a Trevelin.

Para llegar a las Cascadas hay un camino de ripio que te acomoda todos los huesos del cuerpo. Si bien no fue el peor que agarramos (eso lo cuento después) está bastante golpeado.

Ese día el señor de seguridad no nos cobró entrada (no sabemos porque), así que nosotros felices. Caminamos y vimos las tres cascadas. Compramos tortas fritas caseras en la entrada y tomamos mates al costado del río.

Conocimos a una familia que estaba paseando por ahí y estuvimos un buen rato charlando y dándole de comer a las truchas que nadaban por el río. También estuvimos como una hora viendo un pobre pájaro (no sabemos que pájaro era) que no podía cazar ni una sola trucha, ni un solo pescadito para comer.

Como ya se estaba haciendo tarde, volvimos y pasamos por Trevelin para probar suerte en una casa de Te. Eran mas caras que las de Gaiman y ni siquiera había lugar (tampoco íbamos a ir), así que nos conformamos con sacarnos unas fotos en la entrada.

Volvimos al camping y nos encontramos con mis viejos. Aprovechamos para comer un guiso riquísimo para combatir el frío.

Después de otro noche de descanso en el medio del bosque, nos levantamos medianamente temprano, ese día teníamos pasaje para pasear en La Trochita.

La Trochita me encantó. Era como de cuento, tiraba vapor por la chimenea, era de madera y yo no podía dejar de mirarla y sonreír.

Nos sentamos en unos asientos mini, un poco apretados y empezó el paseo. Iba lento por unas vías al costado del camino. Cruzamos prueblitos, montañas, ríos, infinitos pinos y paisajes patagónicos.

Cuando todos bajaron a comprar artesanías y recuerdos, nosotros nos fuimos al Vagón Desayunador y tomamos un submarino y una torta selva negra. Una bomba. Riquísimo todo y en ese lugar nos sentíamos adentro de un cuentito.

El viaje de vuelta fue más rápido y cerca de las 2 de la tarde, estábamos volviendo a Esquel.

Ya nos estábamos por volver al parque cuando mi viejo hizo marcha atrás en el estacionamiento y con el camper chocó un auto. Imaginen como quedó el parabrisa y la parte de atrás.  Encima era un auto alquilado, así que el pobre señor que lo había alquilado tenía que solucionar el problema antes de devolver el auto o si no tenía que pagar $20000 a la agencia.

Así que esa tarde nos la pasamos haciendo trámites, de compañía en compañía  de seguros.

Terminamos como a las 7 de la tarde, y como aún era de día aprovechamos para hacer una caminata que terminamos cerca de las 10 de la noche.

Fui un paseo genial, caminamos un montón, vimos un glaciar y nos encontramos con unos boys scout que nos invitaron a hacer un manequin challenge con ellos.

Desde ahí decidimos mudarnos a la parte norte, ya que seguiríamos viaje para El Bolsón.

Encontramos un camping ya se noche y nos instalamos. Prendimos un fogón gigante y comimos hamburguesas. Estuvimos un montón de tiempo viendo el fogón y charlando. En este viaje me di cuenta que amo sentarme al lado del fogón. Me encanta. Igual que me escantó la Trochita y que me encantó pasar tres días durmiendo en el bosque.

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El fogón

Con el Parque me pasó lo mismo que con Cartagena, me enamoré. Y me cuesta ser objetiva a la hora de describirlo. Amé estar ahí, caminarlo, recorrerlo,  fotografiarlo. Algo difícil de explicar. Necesito volver y que pasemos mas tiempo juntos.

Fueron tres días cortos pero intensos. Compartidos con mi novio y mis familia. Imposible que no sean inolvidables.

Para despedirnos como Dios manda del Parque, nos levantamos al día siguiente y preparamos el mate para hacer otra caminata.

Nos sorprendimos de lo lindo que era el camping y nos lamentamos por no tener mas tiempo para poder quedarnos. Tenía árboles enormes y estaba al lado del lago. Era espectacular la vista y la tranquilidad.

Creo que a cualquier persona que me pregunte donde ir a relajarse y desenchufarse le recomendaría el Parque Nacional Los Alerces.

Esa mañana el sol estaba radiante pero no hacía tanto calor, así que estaba ideal para caminar. Caminamos unas cuantas horas, vimos dos lagos distintos, encontramos un bosque de áboles milenarios altísimos, cruzamos el río y volvimos por la playita.

Cuando volvimos al camping nos despedimos de mis viejos (ellos se quedaban unos días más) y nos compramos el pan casero mas caro de nuestra vida a $50. Encima estaba duro! Así que me acordé un buen tiempo del dueño del camping.

Nos recorrimos todo el PNLA por dentro y empalmamos con la ruta que nos llevaría al Bolsón.

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El Bolsón, allá vamos!

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